Silencio

autismo

 SILENCIO

Silencio, las pupilas fijas, imperturbables, ensimismadas y profundas, las rodillas abrazadas fuertemente contra el pecho, los ojos clavados en el horizonte concéntrico, un horizonte diario y amigo que lo envuelve suave, rítmico, hipnótico.

Ese horizonte es su refugio, su cueva profunda donde protegerse de un mundo que no entiende; un mundo lleno de sonidos ajenos peligrosos y lacerantes; algo que los otros llaman palabras.

Los otros se empeñan en lastimarlo con cientos, miles de palabras que se enroscan duras, secas y retorcidas hasta formar una corona de espinos que se clava en su cerebro y lo sacrifica.

.-¿Por qué lo hacen?  .- ¿Por qué?

Cuando le lanzan sus palabras él no los mira, cuando son sus manos lo maltratan les grita desde lo más hondo de su Alma, pero los otros ignorantes y crueles insisten con su voz y con sus manos.

Siente cada caricia como un golpe con el que redimir un pecado que no es suyo.

Oscuridad, una leve sonrisa asociada a la camiseta naranja que acaba de dar una simpática pirueta ante sus ojos.

Nerviosismo, la camiseta ha desaparecido, dos grandes lágrimas, la camiseta ¡ya no está!, un grito seco y largo; sonrisa, ha vuelto de nuevo, esta vez su pirueta es retorcida y misteriosa, porque tan solo muestra la mitad de la cara de Leo y una manga.

Un pitido estridente y repetitivo pone fin a la calma.

Rosa cruza despacio los veintiún pasos que la separan de su hijo José, llega hasta la lavadora para acallar el grito que anuncia el fin del lavado, con movimientos mecánicos aprendidos en la fuerza de la repetición aprieta el botón de la derecha que amordaza certero el insistente pitido, ahora media vuelta en la ruleta de la izquierda que da comienzo a un nuevo lavado y silencia los gritos angustiados de ese frágil cuerpo que reclama urgente el amparo de lo conocido.

El horizonte concéntrico reanuda su sinfonía, la cara familiar de Leo el león marrón vuelve de nuevo a danzar en cabriolas imposibles con el agua que aparece y se esconde mágica y misteriosa, poco a poco la seguridad inunda el cuerpo y la mente del niño que en silencio se abraza a sus rodillas y se proyecta indescifrable en el vaivén de su horizonte amigo.

Su madre muy despacio vuelve hasta la puerta a sentarse de nuevo en el suelo sobre la alfombra naranja; las pupilas fijas, imperturbables, ensimismadas y profundas, las rodillas abrazadas fuertemente contra el pecho, los ojos clavados en José.

En su cabeza giran y giran las mismas preguntas una y otra vez ¿porqué? ¿por qué no puede mirarme, soy su madre? ¿por qué cuando le hablo sus ojos se llenan de tormento? ¿por qué mis caricias le causan tanto dolor? .

Se abrazada a sus piernas con más fuerza en un intento desesperado de calmar la carencia de su pecho.

Amándolo en silencio reza todo cuando sabe, para que, aunque sea solo por un momento los ojos de José rompan su abandono y la busquen, allí a tan solo veintiún pasos en un reclamo color naranja, ese color que muy de vez en cuando es capaz de asomarle una sonrisa.

Entre los dos envuelto en profundo silencio flota un insondable abismo que nombran frías siete letras: Autismo.

Sam Deló.

 

 

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